Lecturas Recomendadas


Ladrillos en tu muro

Intro

Es muy probable que conozcas o al menos te suene Another brick in the wall: es el título de una canción en tres partes que van hilando el argumento del album The Wall, de Pink Floyd, y de la película que se inspiró en él. Las letras cuentan la historia de alguien que se va aislando detrás de un muro imaginario al que va añadiendo más y más ladrillos a medida que avanza su vida entre traumas infantiles, rabia y desolación.

(No te asustes por esta intro tan alegre, sigue leyendo un poco más, por favor). 

Pero qué hacen éstos de Goonder hablando de un album de rock progresivo de 1979, te preguntarás. Bien, la verdad es que no se nos ha ocurrido una mejor metáfora que la del muro para hablar de varias cosas, a saber: ¿por qué internet, algo en principio tan revolucionario, liberador y prometedor, algo que iba a cambiar el mundo y convertirlo en una utopía, nos ha traído sin embargo esta distopía en la que parece que vivimos hoy? ¿Por qué las grandes empresas tecnológicas, que empezaron con el objetivo de dar acceso absoluto a todo el mundo, se han convertido en las herramientas más eficaces de la historia para la manipulación y el control absoluto? Y ya que estamos, ¿por qué usar Goonder, qué va a suponer en tu vida otra app en la cuarta pantalla de tu teléfono, qué quieres, poner otro ladrillo más en tu muro?

Ahora probablemente sí sería una buena idea que dejes de leer esto. Es más, casi seguro te sentirás mucho mejor si no lo lees. O por decirlo con otra metáfora de Pink Floyd, la que da título a uno de los mejores temas de The Wall, tal vez prefieras seguir adelante con tu vida agradablemente adormecido: Comfortably Numb.



Another brick in the wall, Part I 

(Daddy, what d'ya leave behind for me?!)

Puede que te quede un poco lejano en el tiempo, pero hubo un momento en los años 90 en los que parecía que el auge de internet lo iba a cambiar todo, y para bien. El acceso instantaneo y gratuito a todo el conocimiento acumulado en el mundo, la falta de fronteras en una nueva comunidad global, la descentralización de las comunicaciones… todas esas posibilidades nuevas que se abrían iban a significar más libertad para todos, menos concentración de poder en las élites, más libertad, una sociedad más justa, más avanzada, mejor. El futuro estaba ahí, al alcance de la mano, ya que la velocidad del cambio iba a ser apabullante: en menos de una generación se avanzaría mil veces más que en los últimos 150 años. Empresas que nacieron de aquella efervescencia, como Google, se atrevían a poner lemas corporativos como “No seas malvado”, imaginando que si todos podemos acceder a la misma información a través de un algoritmo neutral, los desequilibrios se diluirían rápidamente. 

El espíritu de la época se puede ver muy bien leyendo este artículo de Wired de 1997  sobre el brillante futuro que nos esperaba gracias a sucesivas oleadas de cambios tecnológicos. Los autores, Peter Schwartz y Peter Leyden, anunciaban ya en el subtítulo: “Estamos ante 25 años de prosperidad, libertad y una mejora en el medio ambiente en todo el mundo”.  

¿Qué pasó?

Pues pasó más o menos lo mismo que ya había pasado después de la última revolución científica y tecnológica de este calibre. Durante decenas de años, desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX, la visión común de la gente era que el futuro iba a ser mucho mejor gracias a la tecnología: los trenes habían acercado las distancias y el telégrafo la información, el teléfono había conectado a la gente, la electricidad había abolido la noche… ¡se podía dar la vuelta al mundo en 80 días! ¡Pronto podríamos volar! 

Sin embargo, en vez de ese brillante futuro, vinieron dos guerras mundiales con una terrible crisis económica en medio. Y por si no había quedado claro, Hiroshima enseñó al mundo por dónde iban realmente los tiros en cuanto al avance científico y la tecnología.

Curiosamente, en el artículo de Wired se hablaba ya de esta analogía: “Hace cien años, el mundo atravesó un proceso similar de innovación técnica e integración económica sin precedentes que condujo a un auge mundial (…) De hecho, la década de 1890 tiene muchos paralelismos con la de 1990, para bien o para mal. El potencial de las nuevas tecnologías parecía ilimitado. Una revolución industrial estaba estimulando una revolución social y política. Parecía que no podía pasar mucho tiempo antes de que llegara una sociedad próspera e igualitaria. Fue un tiempo tremendamente optimista. Por supuesto, todo terminó en catástrofe”. Y pese a ello, la conclusión que sacaban los autores era que si habíamos aprendido la lección, esta vez no podía ir mal. 

Lo cierto que esta vez todo fue mal mucho más rápido: 5 años después de la publicación del artículo estalló la burbuja punto com. Y 10 años después estalló la economía al completo, dejando bastante claro que el mundo no iba hacia ninguna utopía. 

Por supuesto, no todo el mundo compartía la visión optimista de Wired en aquella época. Esto es un extracto de una entrevista al escritor David Foster Wallace en el año 2000: “Personalmente creo que internet no supone más que una avalancha desmesurada de información y entretenimiento, una acumulación de sensaciones con muy poco criterio a la hora de ayudar al consumidor a elegir, encontrar o discernir entre las opciones que se ponen a su alcance en medio de una vorágine verdaderamente rabiosa de fervor capitalista. Esto es así no sólo por la manera en la que opera internet, sino por la manera en que se invierte en él. (…) Todo el mundo está infinitamente más interesado por los aspectos económicos y materiales de internet que por los éticos y estéticos, por las dimensiones morales y políticas inherentes. (…) en realidad no es más que una exageración de todo lo que hemos tenido hasta ahora”.

Esta idea de cómo se opera y se invierte en internet, y de cómo prevalece el interés en las posibilidades económicas sobre las morales y políticas, es una de las principales claves para entender lo que vino poco después. Pero para hablar de eso, tal vez sea mejor que saltemos al presente.



Another brick in the wall, Part II 

(We don’t need no thoughts control)

Hace unos meses salió una pequeña noticia en varios medios: Google había quitado su famoso lema “No seas malvado” del último lugar donde estaba escrito oficialmente, el manual de conducta de sus empleados. Más allá de los comentarios de los lectores, algunos por cierto realmente divertidos (“Si mienten acerca de ser malvados, podría ser usado en su contra en la corte. Solo se están cubriendo  legalmente”; “El Pentágono solo trata con empresas con credenciales sólidas en cuanto a hacer el mal, así que...”: “Cuidado, Bezos, ¡quieren tu lugar!”), lo cierto es que, a esas alturas, más que una noticia, fue una anécdota. Google, y después Facebook, crearon dos imperios casi monopólicos a nivel mundial ofreciendo de forma gratuita el conocimiento instantáneo y la validación social, dos cosas que hoy parecen dadas pero que eran realmente difíciles de conseguir hace solo 20 años. Para ello, al principio se basaron en un modelo de negocio clásico de publicidad. Más adelante, y gracias a algoritmos cada vez más complejos y precisos, pudieron dedicarse a la segmentación y explotación de los datos de sus usuarios, para venderlos a cualquier tercera parte que quisiera usarlos.

Bien pensado, esos kilométricos términos y condiciones que aceptas sin mirar se podrían resumir en una sola línea: “Entenderás que, para darte este servicio gratis, te tengo que convertir en mi producto ¿Ok? Muy bien. Pulsa aceptar y ya está” ¿Y qué pasa cuando te conviertes en su producto? La respuesta no es sencilla, sobre todo si tienes en cuenta que estas empresas-imperio tienen como productos cautivos a gran parte de la población mundial. Y se complica todavía más cuando sus CEOs, esas nuevas estrellas del rock, se emocionan con su juguete y les parece una idea súper cool hacer “experimentos de control emocional”, como nos cuenta Robert Booth en este artículo para The Guardian. Y por qué no, si solo tienen que responder de sus decisiones ante a) sus conciencias, si es que no las han externalizado previamente; b) sus consejos de administración, a los que por definición solo les preocupa el balance de resultados; y c) algún comité político de vez en cuando, donde por fin pueden usar aquella corbata que les regaló su novia una vez. 

La complicación final (de momento) la hemos podido ir siguiendo en las noticias a medida que iba quedando clara la manipulación de las elecciones en Estados Unidos, y en otras cuestiones políticas en el resto del mundo. Si quieres tener un cuadro completo sobre el tema, y por ir en orden cronológico, prueba a leer las piezas de Nicholas Thompson y Fred Vogelstein para Wired (titulada “Los dos años que sacudieron Facebook, y el mundo”), la de Evan Osnos para The New Yorker (“¿Puede Mark Zuckerberg arreglar Facebook antes de que rompa la democracia?”), o la de Paul Mozur para The New York Times (“Un genocidio incitado desde Facebook con posteos hechos por el ejército de Myanmar”).

Y si quieres asustarte de verdad, prueba a ver esta charla TED de Jaron Lanier, en la que nos explica por qué es mucho más rápido, barato y eficiente manipular tu comportamiento a base de estímulos negativos. Inevitablemente, por tanto, los que más provecho pueden sacar y sacan de estas herramientas son los que se dedican a conseguir beneficios apelando a nuestros peores instintos. La conclusión de Jaron es demoledora: “No podemos tener una sociedad en la que, si dos personas desean comunicarse, la única forma de hacerlo sea financiados por una tercera parte que quiere manipularlos”. 

Antes de que vayas a buscar una soga o una cuchilla de afeitar bien afilada, tienes que saber que hay ejemplos más positivos: Lee por ejemplo esta otra pieza de Andrew Marantz para The New Yorker, en la que se narran los esfuerzos de Reddit buscando equilibrios entre los límites de la libertad de expresión y las consecuencias de la exposición masiva y sin filtros. O este manifiesto de Anil Dash en Medium, en el que pide más autocrítica en la industria tecnológica, además de la que viene de fuera (periodistas, activistas). Y advierte: “Por un tiempo, los magnates del petróleo y el acero del pasado fueron vistos positivamente, como innovadores tecnológicos y creadores de empleo, hasta que sus excesos y abusos les terminaron poniendo en la picota”. 

De hecho, eso que pide Anil lleva ya un tiempo sucediendo: numerosos ejecutivos, inversores y personalidades de primera línea en las principales empresas tecnológicas están saliendo a criticar el daño que sus plataformas están haciendo a la sociedad, y también a expresar su apoyo a que se avance hacia una nueva legislación sobre privacidad. Los relaciones públicas de Silicon Valley deben estar muy ocupados estos días. Pero un cambio real parece lejos de estar ganando impulso.

Cerramos ya esta parte del muro con dos citas. La primera la escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo: “Todo tiene que cambiar para que todo siga igual”. La frase hace alusión, de una forma muy cínica, a la manera en la que las élites se amoldan a las revoluciones, usándolas en su propio beneficio. La segunda es de Doris Lessing en Las cárceles elegidas: “Hay países que se da por sentado que son democracias pero que están perdiendo de vista la democracia, pues vivimos en una época en que son muy poderosos los grandes simplificadores”. Esta frase no requiere ningún comentario adicional, más allá de que fue escrita en 1985.

Vaya, este cierre recuerda al de aquel monólogo de Woody Allen: “En resumen, me gustaría tener algún tipo de mensaje positivo que dejarles. Pero no lo tengo. ¿Aceptarían dos mensajes negativos?

Lol.



Another brick in the wall, Part III 

(I have seen the writings on the wall)

¿Has visto alguna vez el famoso anuncio de Apple titulado “1984”? Lo emitieron en el descanso de la Superbowl, en Enero de 1984, y fue dirigido por Ridley Scott, que venía de hacer Alien y Blade Runner, nada menos. A estas alturas se ha convertido en una pieza de culto, como parece ser todo lo que viene de la empresa de Cupertino. En apenas un minuto se nos anunciaba que, gracias a la introducción del Macintosh 128k, el mundo en 1984 no iba a ser como el de 1984, la novela de George Orwell. El mensaje, no muy subliminal, era básicamente este: Usando este nuevo ordenador personal serás libre; nadie podrá ya vigilarte ni controlarte porque el Gran Hermano será destruido. El mundo será mejor, gracias a Apple. En fin. Para no aburrirte con más de lo mismo diremos simplemente que, aprovechando esa curiosa costumbre estadounidense de hacerse autoparodias (una vez al año y de forma controlada) y su gusto por los remakes, desde aquí nos atrevemos a sugerir a Apple que para el lanzamiento del próximo iPhone vuelvan a llamar a Ridley Scott para rodar una nueva versión del anuncio, titulada “¡Ooops!”. 

Y es que ha sido precisamente el imparable auge del teléfono móvil (y mucho más específicamente a partir del lanzamiento del primer iPhone en 2007) la principal causa de que los humanos-zombie del anuncio del Macintosh ya no tengan que mirar juntos al Gran Hermano en pantalla grande. Ahora tiene cada uno una pequeña pantalla (bueno, cada vez menos pequeña) para disfrutar de los contenidos que tan graciosamente se nos ofrecen. Por supuesto, hemos aceptado los términos y condiciones sin mirar. Y la triste realidad es que ya dejamos atrás 1984. Ahora el Gran Hermano no está dentro de la pantalla sino dentro de nosotros. En su ensayo La privatización del estrés, Mark Fisher dice que “la necesidad insaciable de chequear los mensajes, los e-mails y las notificaciones de Facebook es compulsiva, parecida a la necesidad de rascarse una picadura, aún a sabiendas de que así la herida empeorará. Este comportamiento, como todos los comportamientos compulsivos, solo aumenta la insatisfacción (…) Y lo que llama la atención, a su vez, es la banalidad del contenido de la pulsión”. 

¿Para qué estamos utilizando todas estas posibilidades tecnológicas que nos iban a hacer libres? ¿Nos están ayudando a crear aquella sociedad próspera e igualitaria que se esperaba? La verdad es que no. Estamos usando la tecnología más que nada para construir muros (y aquí es donde la metáfora deja de serlo). Muros personales en los que proyectamos ilusiones de nosotros mismos mediante contenidos que casi siempre vienen de otro lado, de algún otro muro. Cosas que nos gustan o que nos hacen gracia o con las que nos parece que estamos de acuerdo sin pensar mucho en ello. Cosas que nos hacen sentir bien porque nos dan lugar en un grupo. Algunas de esas cosas son banales, como dice Mark Fisher: vídeos de gatitos, likes a las fotos de tus vacaciones, memes sobre la derrota del equipo rival, gifs de John Travolta… Pero hay otras cosas que no son banales, en absoluto. Son ésas que según Jared Lanier están perfectamente pensadas y (gracias al estudio de tus datos) diseñadas a medida para manipular tu comportamiento a base de estímulos negativos. Son las que buscan polarizar a las sociedades en lugar de construirlas; las que apelan a los “sistemas operativos morales” de los que habla Michael Ignatieff en Las virtudes cotidianas, explotando la preferencia instintiva que cualquier miembro de una comunidad tiene por “nosotros” sobre “los otros”, vendiéndote que la generosidad y la tolerancia son de hecho un traición a “los nuestros”. Viendo la deriva que está tomando la política en todo el mundo, es innegable que estas “otras cosas” están teniendo mucho éxito, y esto en gran parte es debido a la eficiencia de la tecnología.

Los futuros no suceden: se construyen. Y el uso de la tecnología en el futuro que estamos construyendo es tal vez el gran tema de nuestro tiempo. En esta estupenda entrevista de Mathias Döpfner al escritor e historiador Yuval Noah Harari para Business Insider se habla mucho de ello. Harari dice: “En el peor escenario, tendríamos dictaduras digitales con todo el poder concentrado en manos de una pequeña élite que vigila a todos todo el tiempo. La humanidad podría llegar a dividirse en una casta de superhumanos y una subclase de personas inútiles. Las últimas serán personas que no tienen valor económico ni poder político”. Esa subclase de personas inútiles sería, claro, la gran mayoría. Pero luego añade: “Creo que una de las grandes lecciones que aprendimos en el siglo XX es que la tecnología no es determinista. La misma electricidad ha servido al Tercer Reich, a la Alemania comunista, y a la Alemania democrática y unida. A la electricidad no le importa lo que hagas con ella. Lo mismo aplica para la IA y la biotecnología. Podemos usarlas para construir el paraíso o el infierno. Depende de nosotros”.

Exactamente. Depende de nosotros, de los que estamos en la industria tecnológica. Y por supuesto también depende de ti, del uso que decidas darle a la tecnología que te ofrecemos. Sinceramente esperamos que Goonder no sea otro ladrillo más en tu muro, sino una herramienta para que lo empieces a derribar, o al menos un despertador para que dejes de estar agradablemente adormecido. Tienes muchas herramientas a tu alcance, aplicaciones de la tecnología que están pensadas para que la sociedad sea más justa e igualitaria. En la medida en la que entre todos los fabricantes y proveedores de servicio y los usuarios contribuyamos a crear un marco general de buen uso de la tecnología, podremos construir esa sociedad. 

Siempre será mejor que tener que llamar a Ridley Scott para que ruede “¡Ooops!”. 

 

© Goonder 2018

Nuevos artículos próximamente